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Los casos de la niebla de la Cepeda Vieja 02: los hijos de Andrés el herrero


Relato enviado por : Coqueline el 17/01/2013. Lecturas: 4419

etiquetas relato Los casos de la niebla de la Cepeda Vieja 02: los hijos de Andrés el herrero Fantasías .
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Resumen
La esperanza iba desapareciendo con el paso de las semanas


Relato
El incidente de Belinda no fue ni el único, ni el peor de los sucesos de súcubo (que así fue como, malinterpretando un sermón del Mosén, se empezó a nombrar a las desgraciadas muchachas que cayeron en manos de la niebla). Ni siquiera fue el único protagonizado por Belinda, como bien supieron la madres del convento de Santa Clara de Vereda que sobrevivieron a las consecuencias de su generosa voluntad de auxiliar a su alma torturada.



Pero esa es una historia que bien podrá ser tratada en mejor ocasión que esta. Baste saber que cerca de una docena de desdichadas terminaron vagando por los campos alrededor del pueblo, contribuyendo con su aterradora presencia al temor cerval que causaban las múltiples variedades de seres de naturaleza maligna que, poco a poco, fueron enseñoreándose del lugar.



Los días transcurrían lentos. Los hombres y mujeres de Vereda, desaparecido el comercio, tuvieron que resignarse a afrontar los innumerables peligros que los acosaban, al menos durante el día, acuciados por la necesidad de producir lo necesario para el sustento. La tenue luz, que lograba a duras penas atravesar el manto de la niebla, les permitía salir a los campos y, aunque ni las cosechas, ni la producción del ganado fueran como las de antes de su siniestro advenimiento, les permitían sobrevivir en condiciones cercanas al hambre.



La esperanza iba desapareciendo con el paso de las semanas. Hasta el grupo de nuevos feligreses que, al principio, comenzaron a acudir en masa a los oficios que el buen Mosén Peter convocaba sin descanso, fueron raleando hasta terminar limitándose a un pequeño núcleo de incondicionales entre quienes ni siquiera se contaban todas las beatas que antes de la niebla frecuentaran la iglesia.



Así las cosas, pocas semanas después de la transformación en súcubo de la pobre Belinda, apareció en los temores de aquellos desgraciados la primera “gitanilla”:



La cosa sucedió una mañana de julio, aunque sea este un dato intrascendente, dada la estabilidad en el clima que introdujo aquella presencia permanente. Los hijos de Andrés, el herrero, Javier, Simón y Tomás, se habían citado a primera hora del día para acudir juntos a atender sus ganados, pensando que, en compañía, su misión resultaría menos arriesgada. Armados con espadas de pobre calidad, elaboradas en la forja de su padre, se echaron al camino pensando en recorrer las tres praderas, largas en que años atrás dividieran la herencia de su abuelo, donde cada uno de ellos apacentaba sus vacas, arreando la pequeña carreta que compartían, tirada por un pequeño jumento, donde pensaban traer al pueblo la leche que ordeñaran.



No bien habían abandonado las últimas cercas de los huertos que rodeaban el pueblo, al salir a campo abierto, escucharon lo que parecía el llanto de una muchacha. Temerosos de perder la referencia del camino, llamaron a gritos preguntando que ocurría, pensando en auxiliarla. Al instante, una muchacha menuda, de piel oscura, cabello negro y rizado, y vestida de harapos de alegres colores, se abalanzó sobre Simón abrazando su torso amplio y fuerte. La pequeña, que hablaba con el acento musical de los feriantes gitanos que en otro tiempo llegaban hasta el pueblo tocando música, bailando, vendiendo sus fruslerías de alegres colores, y robando pequeñas cosas cuando se daba la ocasión, sin dejar de sollozar, comenzó a relatarles el modo en que sus hermanos, que, según dijo, celebraban bebiendo el éxito obtenido en un trato en la vecina aldea de Prado, bebidos como cubas, habían comenzado a sobarla, a tratar de desnudarla, y a abusar de su cuerpo hasta el extremo de que, aterrorizada, se había visto obligada a huir de ellos hasta perderse en el bosque, y desde hacia horas, vagaba sola y asustada por aquella niebla espesa.



El recio mocetón, acostumbrado a las costumbres austeras de su pueblo, al sentir sobre la blusa de lino los pechos redondeados de la muchacha, y contemplar sus hombros desnudos, no pudo evitar que su sexo experimentara un endurecimiento evidente que le hizo sentirse avergonzado. Trató de apartar a la gitanilla, que se aferró a él con más fuerza aún, presionando con su pubis en su sexo, frotándolo con él. Javier y Tomás, atónitos, no tardaron en percatarse de lo que estaba sucediendo, produciéndose en ellos efectos similares a los que su hermano padecía. Con los ojos muy abiertos, contemplaron cómo la muchacha se agarraba con las manos a las nalgas de su hermano, que se dejaba hacer ya incapaz de resistirse a los encantos y la dulzura de aquella muchacha morena de cabello ensortijado, piel oscura y labios gruesos y sensuales que no tardaron en unirse a los de Simón mientras sus manos, con sorprendente eficacia, desataban los lazos de su calzón hasta hacerlo caer, liberando aquel miembro duro como una piedra que permaneció un momento cabeceando en el aire, bajo la blusa. Él mismo se despojó de la poca ropa que le quedaba con torpe prisa. La chiquilla, sin perder un ápice de su inocente belleza, dejaba escapar de entre sus labios obscenidades susurradas como ni siquiera habían escuchado en boca de las putas con quienes su padre les había obsequiado cuando le habían anunciado cada uno su deseo de casarse.



.- Dame esa polla, Simón. Dámela. Clávamela. Atraviésame con ella...



La muchacha, agarrándola, la meneaba con parsimonia. Su mano se movía con una lentitud exasperante mientras recitaba su sensual letanía obscena sin cesar:



.- Vamos, cabrón, desnúdame. Estoy deseando sentir tu rabo en mi culo. ¿Es que no quieres follarme?



Javier, el más joven, sin saber cómo, se encontró agarrado a su propio sexo, mirándolos hipnotizado, pelándolo mientras veía a la gitana empujando a su hermano hasta tenderlo en el suelo boca arriba, sentándose a horcajadas sobre su miembro, y comenzando un movimiento lento, desesperante.



.- Todavía tengo otro agujero para ti, Tomás. Folla mi culo.



El hombretón no había, ni siquiera en sueños, imaginado nada así. Su esposa, que ya era una mujercita regordeta, granujienta y desgarbada cuando se desposaron, y que tras parirle tres hijos había perdido todo interés por cohabitar con él, no podía competir con la perfección de aquella chiquilla de piel morena, de redondos senos mediados, coronados por pezoncillos oscuros, pequeños, duros y apenas aureolados que su hermano acariciaba como hipnotizado. Hasta la imagen de su sexo hirsuto, que mostraba sus labios húmedos y sonrosados entre la rizada mata de pelo negro que lo envolvía, y empapaba la verga de su hermano con sus flujos, le resultaba una imagen tentadora. Contempló las nalgas morenas, perfectas, duras y redondas mientras escuchaba incrédulo su insistente invitación a poseerla por allí y, sin poder resistir la tentación, atravesó aquel pórtico estrecho y oscuro sintiéndose atrapar por la succión desconocida que experimentaba.



La chiquilla se contoneaba como una danzarina consumada. Simón jadeaba. Su sexo experimentaba una sensación desconocida, una caricia perfecta, como si pequeños dedos en el interior de la pequeña ramera lo acariciaran al tiempo que la gitanilla se movía sobre él. Tomás, a su vez, agarrado a sus caderas, se dejaba acariciar por aquel agujero estrecho y prieto, que parecía absorberlo, tirar de él hacia dentro. Las manos de ambos competían por la piel de sus senos, por pellizcar sus pezones. La muchacha gemía, como ellos mismos, y el sonido de su voz actuaba en ellos de un modo hipnótico, llevándolos a redoblar sus esfuerzos en un movimiento frenético.



Javier, apenas a un paso de la escena, sin atreverse a nada, se la meneaba frente al trío que se contoneaba ante sus ojos. La muchacha extendió su mano hasta agarrar su polla enfebrecida, y tiró de él hasta ponerla al alcance de su boca. Contempló con asombro cómo la envolvía en sus labios, cómo la tragaba entera, hasta hacer que su naricilla le acariciara el pubis mientras sus labios carnosos gorgoteaban alrededor de la base de su tronco empredrecido.



Ninguno de los tres hermanos comprendió el peligro en que se encontraban hasta que fue demasiado tarde ya para eludirlo. Maravillados por su suerte, se dejaban hacer, olvidados de sus familias, olvidados de todo lo que no fuera la caricia desconocida que cada uno sentía. Prendidos por sus sexos, atraídos hacia el interior de la putilla, succionados por ella, solo podían experimentar un ansia y un placer incomparable con ninguna experiencia anterior. Se contemplaban moviendo sus culos, enterrando sus pollas en aquellos agujeros cálidos y húmedos, poseyendo a aquella preciosidad de una sensualidad extrema. Se dejaban arrullar por la calidez sensual e hipnótica de sus gemidos, que escuchaban con perfecta nitidez cristalina aun encontrándose su boca llena hasta el fondo mismo de la garganta.



Cuando lo comprendieron, ya era tarde. Ya nada podían hacer, apoderados por completo por la sensualidad que se apoderaba de ellos.



Javier fue el primero en contemplar los delgados tentáculos rojos, del color del fuego de la fragua, que brotaban de los labios de la niña alrededor de su miembro y, con un movimiento frenético, aunque avanzando lentamente, envolvían sus testículos presionándolos, acariciándolos con una caricia deliciosa. Ni siquiera fue libre de sentir un atisbo de repulsión al verlos. Se limitó a maravillarse al sentirlos, a dejarse acariciar ansioso, a dejar de se deslizaran entre sus nalgas, que se extendieran en su interior causándole un temblor extraño, un derroche de placer incomprensible. Tomás y Simón no tardaron en experimentar la misma deliciosa experiencia. La chiquilla mantenía su movimiento cadencioso, la sensual danza de su cuerpo, mientras los diminutos tenáculos, poco más gruesos que un tallo de hierba, de tacto gelatinoso a pesar de su consistencia, latían presionando sus pelotas, envolvían sus polla ardientes, penetraban sus culos duros de labriegos, haciéndolos sentirse perdidos, desmalladamente entregados a aquella frenética caricia infinita.



También fue Javier el primero en terminar. Sintió una pulsión brutal, una presión brutal en sus testículos. Supo que iba a correrse como nunca se había corrido. Sintió el fuego de su propio esperma caliente atravesando su miembro en un volumen inusitado. Sintió que se deshacía entre los labios de la gitanilla, que manaba cantidades de esperma que parecía imposible que la muchacha fuera capaz de tragar, borbotones de esperma que fluían a impulsos constantes quemándole, haciéndole sentir una explosión de placer brutal e inacabable, que poco a poco le llevaba de una entrega entusiasta y generosa a una desidia que invadía la totalidad de su ser.



Tomás, arrodillado frente a él, vio como su ser se consumía, cómo, en un gemido interminable, su hermano se iba transformando en poco más que un pellejo sobre su propia osamenta. Incapaz de reaccionar, sin sentir siquiera asombro, mientras aquello veía, su propio sexo comenzó a verter entre las nalgas de la chiquilla su propia esencia vital, a vaciarse en su interior, a dejarse morir, como simón moría al mismo tiempo entre sus muslos. Gimieron envenenados por un placer insoportable, por un arder en sus propias brasas, por un entregarse con tal intensidad que su vida no hubiera tenido sentido después de aquello. Se deshicieron en el interior de aquella gitanilla pérfida que abandonó sus pellejos secos en el camino, casi a la entrada del pueblo, con una luz azulada en la mirada y una sonrisa de perfidia en los labios, mientras se alejaba cantando.

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